WELCOME HOME: Burning Man 2017
- Gina

- 17 feb 2018
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 24 mar 2018
- Virgin?
- Yes, it’s my first time...
Eso respondía yo a la pregunta que tantas veces me hicieron antes de llegar a abrirme en cuerpo y alma (que no de piernas) al mundo de #BurningMan.
Y digo “abrirme” porque así me lo plantearon todos los burners cuando me hablaban de este “festival” (que nada tiene de parecido al concepto de festival que seguramente tendrás).
Y así fue como me decidí a aprovechar la oportunidad; después de que palabras, imágenes y videos sobre el Burning convencieran cada uno de mis sentidos para "abrirse" a esta experiencia.
Rectifico: decidimos.
Junto con Cesca, mi prematura amiga desde hacía un par de meses, decidimos aceptar la inesperada invitación para asistir al Burning Man.
Y en ese momento, a 9 días de coger el vuelo dirección Los Ángeles, fue cuando empezó a desatarse la locura Burning.
Nuestra mayor locura.
Compras a última hora, organización de maleta, lecturas de planes de supervivencia en Burning, lectura del decálogo oficial, charlas constantes con nuestros anfitriones… pero sobretodo: muchos nervios, excitación y un ligera sensación de vértigo en el estómago.
En definitiva: un déjà vu de nuestra pérdida de virginidad.
Con la diferencia de que, en este caso, lejos de quebrar un himen, romperíamos los horizontes de nuestra mente.
Y así fue.

Todo empezó en un jet privado tomado desde Reno (Nevada) que nos condujo al desierto Black Rock, donde cobra vida por solo 7 días anuales “la ciudad en llamas”: un universo inimaginable nacido de la mano de artistas que crean extraordinarias estructuras. Así, daban vida a una ciudad de campamentos agrupados en semicírculo que abrazan la infinidad de un desierto hecho arte.
Nuestro campamento: DragonFly
Y allí estábamos: más preparadas e impetuosas que nunca, dispuestas a perpetrar aquel desconocido mundo.
Empeñadas en "Vivir en el desierto": una idea que sonaba tan atractiva como descabellada; tan estimulante como aprensiva.
Y es que así es Burning Man: contradicción y sinsentido constante.
WELCOME HOME
Bienvenido a un hogar en territorio hostil. Donde se yuxtaponen el calor intenso de día y un frío invernal de noche; donde se alternan tormentas de arena a ritmo de reloj, donde una ducha (si eres privilegiado de tenerla) te previene apenas 2 minutos de volver a tener arena en cada parte de tu cuerpo...
Y aun así:
Bienvenido al hogar más fascinante que jamás he visto.

Donde todo es arte y magia; donde el dinero no tiene validez; donde famosos y no famosos son seres por igual; donde cada persona se despoja de prejuicios y materialismos.
Porque así lo dicta el decálogo: cualquiera es bienvenido, no existe la ropa de marca, está prohibido dejar cualquier rastro de residuos, todos participan y colaboran, nada se vende, todo se regala.
Y es así como nace la utopía del Burning Man: donde el hombre humano da desinteresadamente y se implica en el medio ambiente simplemente a cambio de un abrazo, un "gracias" o del regalo de vivir en libertad absoluta.
Y te preguntarás: ¿Donde está la fiesta?
Pues en cada partícula de tiempo. Burning man es fiesta en todo momento.
La música electrónica se apodera de la "Deep Playa" (el desierto que rodea la ciudad) a lo largo de los 7 días, donde reconocidos DJ's tocan por amor al arte y al Burning.
Los bares regalan bebidas las 24h a cambio de un trozo de basura recogido.
Los increibles escenarios y una iluminación sobrenatural te convierten en personaje protagonista de la película Mad Max.


Y en medio del frenesí, se encuentra el Templo:
Otro polo opuesto dentro del hedonista universo Burning. Un santuario donde los asistentes pueden despojarse de cualquier cosa que les produce dolor o tristeza. Así es como el Templo se colma de cartas a seres perdidos, de objectos indeseados, de velas, fotografías, homenajes... conviertiéndose así un espacio de comprensión, meditación y acercamiento humano.

Un templo que arde en llamas el penúltimo día del festival: un acto simbólico en el que se incineran nuestros miedos, temores o cuentas pendientes.
El último día
del Burning Man es cuando tiene lugar la última quema: la del Hombre. Una metáfora para desposeer al hombre del consumismo y la frivolidad social.

Y allí, en medio de este espectáculo de llamas y de los aullidos de la gente, te das cuenta de que eres diminuto; una simple partícula en medio de un mundo absurdo y corrupto.
Y que en el fondo, Burning Man también tiene restos de hipocresía social: no deja de ser festival con un precio de entrada exclusivo que pretende construir una utópica comunidad minimalista y moral.
Y es que Burning no dejará de ser una tesitura de polos opuestos: de fiesta, de introspección, de desmadre, de humanismo... un lugar donde perderse entre locura y desenfreno o bien, buscarse y encontrarse en medio de la nada.
Así que,
Bienvenido a la utopia más absurda del globo terráqueo.

Una utopia de paja que, aún así, es deliciosa.
Porque Burning Man te transporta a un agridulce limbo en el tiempo;
Lejos de la realidad, de la monotonía, de vanales preocupaciones, lejos de vidas ignorantes y perecederas ... Es una utopía donde uno puede sentirse más real y vivo que nunca.
Pero todo se acaba...
incluso el universo imposible de Burning Man.

El séptimo día llega a su fin y con él la magia del Burning Man, que va pereciendo poco a poco a los ojos de todos los burners...
Pero esa mágica esencia perdura en el interior de cada testimonio que, no indiferente, vuelve a su realidad siendo otro. Ya no sientes igual, ya no piensas igual y, por descontado, tus horizontes ya no son los mismos.
Time to go... Back home?




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